Sentido de urgencia

Por Roberto Sasso
11 de enero 2007

Hay organizaciones, grandes y pequeñas, en las que se nota (se siente) el sentido de urgencia. En estas organizaciones, una buena excusa nunca es tan efectiva como un buen resultado. Todos saben que terminar a tiempo y dentro del presupuesto es necesario (más no suficiente) para sobrevivir.

También existen organizaciones, de diferentes tamaños y colores, en las que “hay más tiempo que vida”, en las que los proyectos rara vez terminan a tiempo, los compromisos no son muy vinculantes, las reuniones casi nunca empiezan a tiempo, no suelen tener hora de fin prefijada y con demasiada frecuencia terminan sin conclusiones fijas. Pese a que una gran cantidad de estas organizaciones ya no existen y que la prognosis para las que existen no es buena, el tercer mundo está repleto de ellas. Estas organizaciones incluyen desde pequeñas familias hasta gobiernos enteros, pasando por instituciones y empresas de todos tamaños.

Existen argumentos bien hilvanados por gente muy inteligente y articulada que nos dicen que la calidad de vida es mejor cuando “hay más tiempo que vida”, el nivel de estrés es menor, las oportunidades para apreciar la belleza humana y de la naturaleza son muchos mayores, y en resumidas cuentas: “Los que andan precisados podrán ser muy ricos y productivos, pero jamás serán felices”.

Más allá del postre. También existen los que se las tiran de sabios y con total ecuanimidad dicen que la felicidad depende de un equilibrio cósmico, que “todo en exceso es malo, hasta la moderación”.

Nos dicen que a veces hay que correr y a ratos hay que arrastrar los pies, que la sabiduría consiste en saber cuándo hacer cada uno. Llegan incluso a pintar un cuadro en el que el ser humano es altamente productivo y competitivo, con niveles de estrés mínimos y un gran disfrute del arte y la naturaleza. Son como el niño que quiere comerse el postre y seguir teniéndolo.

Lo cierto es que, en este mundo, la velocidad de cambio sigue aumentado y no hay nada que podamos hacer para disminuirla. Parece obvio que, cuanto más rápido cambia el mundo, más debemos apurarnos para adaptarnos, sobre todo sabiendo que el que no se adapta perece.

Si en lugar de quedarnos queditos o –como quisieran algunos– echar para atrás, nos movemos despacito, pensando y repensando cada paso, analizando y discutiendo todo hasta ponernos azules, no tengo la menor duda de que seremos muy exitosos en posponer lo inevitable, un poquito.

En todas las organizaciones más exitosas del mundo existe un sentido de urgencia. Las empresas más exitosas, cuyas ventas superan el PIB de muchos países, nunca la llevan suave, todos son obsesivos con las fechas y los resultados. Eso sí, hay culturas diferentes: mientras unos sufren el estrés, otros lo disfrutan; mientras unos detestan a los competidores, otros los encuentran entretenidos, pero todos tienen un sentido de urgencia.

Absurda oposición. Aquellos que creen que por ser un monopolio no tiene competencia, o que por ser el mejor país del barrio nadie los va a desplazar, están durmiendo del lado equivocado. La globalización no la inventaron los políticos (aunque algunos quisieran haberlo hecho), la globalización no sería posible sin la tecnología y, por eso mismo, oponerse a ella es tan absurdo como oponerse al futuro.

Tiene razón el que dice que para ser competitivos necesitamos un competidor, pero es más correcto decir que necesitamos reconocer al competidor. Hoy todos tenemos competidores, tanto a nivel personal como organizacional, pero no siempre es fácil reconocerlos (antes de que sea muy tarde).

Es urgente promover una cultura basada en el sentido de la urgencia. Una cultura que recompense a los más rápidos y castigue a los que se niegan a moverse, una cultura que perdone las equivocaciones y sea implacable con el que no actúa por miedo a equivocarse. Este país necesita un sentido de urgencia para reponer el tiempo perdido.

Para sobrevivir tenemos que recuperar el tiempo perdido y luego seguir ejecutando procesos e implementando cambios a un ritmo por lo menos igual a la velocidad del desarrollo tecnológico. Para sobresalir, debemos aprender a movernos a un ritmo todavía mayor.

Artículo publicado en el periódico La Nación