Estado invisible

Octubre 5, 2005 - Publicaciones

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Desde hace demasiados años escuchamos hablar de la reforma del Estado. Que si grande o pequeño, que si paternalista o policía, que si digital o de papeles. La discusión no parece ir a ningún lado, tanto así que, aunque hoy es más urgente que nunca reformar el Estado, el pobrecito siguen de mal en peor.

Yo no tengo la menor duda de que el Estado debe ser digital, pero eso no es, ni con mucho, suficiente ya que es totalmente posible (y me temo que hasta probable) que se gasten una millonada para terminar con un Gobierno Digital, pero tan inoperante como el actual, si no peor. Los ejemplos de automatización del caos abundan. Los beneficios de la tecnología digital vienen no de la tecnología en sí, sino de la oportunidad de pensar diferente y rediseñar los procesos aprovechando la nueva tecnología.

Me imagino un Estado invisible, en el que su interacción con los ciudadanos sea tan transparente que se torna invisible. Imagínense qué maravilla: un Estado que ni se ve ni se siente, donde los servicios estatales son tan eficientes que, en un ambiente de mercados abiertos, la empresa privada no puede competir con él (sencillamente porque no se puede competir contra un ente que no tiene fines de lucro). Eso no quiere decir, ni por mucho, que no se pagarían impuestos; todo lo contrario, probablemente se pagarían más, pero a nadie le importaría ya que bastaría asomarse por la ventana para ver dónde se gastan.

Transparencia y reforma. La tecnología bien aplicada el quehacer gubernamental produce no solo eficiencia, sino también, y probablemente más importante, genera una total transparencia. Cuando la mesa es de vidrio, es muy difícil hacer tratos debajo de ella. El gobierno que logre vencer la resistencia a la transparencia logrará reformar el Estado. Los que defienden el statu quo no quieren condenarnos a hacer filas y esperar para siempre un trámite, lo que quieren es que los negocios paralelos puedan seguir como hasta ahora, que los trámites se puedan hacer de varias maneras y varias velocidades. Es, por ejemplo, muy deseado por algunos el poder empantanar los proyectos que promueven la renovación tecnológica y eviten futuras compras directas de tecnologías propietarias.

Justo castigo. No existe, que yo sepa, ningún precedente de alguien que sufra alguna consecuencia por generar atrasos, no importa lo que le cuesten al Estado; todo lo contrario, el funcionario que logra detener un proceso, por lo general, es felicitado. De no cambiar esta actitud y mentalidad, nada hacemos con digitalizar todo, si no se provee, junto con la transparencia, de las consecuencias de generar atrasos a nivel personal y penal.

Pero tal vez lo más atractivo de un Estado invisible es que los políticos también serían invisibles. Imagínense las noticias sin políticos robando cámara, imagínense políticos sin egos que alimentar, imagínense periodistas sin políticos que perseguir.

En el próximo mundo, que sin duda tendrá un Estado invisible, los ciudadanos elegiremos precisamente políticos que trabajen para nosotros y nos rindan cuentas, a sabiendas de que el mejor trabajo es el que no se ve. ¿Demasiado perfecto para ser realidad? Lo peor que le puede pasar a un pueblo es dejar de soñar

Artículo publicado en el periódico La Nación