Cerca del futuro

Enero 16, 2017 - Noticias, Publicaciones

Cada año que pasa nos deja más cerca del futuro. Esto puede deberse a que, en cada año que estrenamos, las cosas suceden más rápido, el mundo cambia más. No hay duda de que muchos de los cambios de que disfruta el mundo son debido a los avances científicos y tecnológicos y que estos avanzan a ritmo exponencial, pero eso no explica todo el cambio.

Conforme nos acercamos al futuro, crece el número de quienes añoran el pasado. La sensación de que todo tiempo pasado fue mejor parece arraigarse cada vez más. Resulta difícil derrotar dicha añoranza con cifras globales o nacionales, por más contundentes que sean los números.

Cifras que miden riqueza, salud o bienestar de poblaciones enteras, resultan abstractas al individuo de baja escolaridad cuyas destrezas pierden demanda en el mundo del futuro.

Ya no es muy claro si nosotros viajamos hacia el futuro o si es el futuro el que se nos viene encima mientras parpadeamos. Los conceptos de corto, mediano y largo plazo pierden su dimensión (en algunos ámbitos del quehacer humano, largo plazo son cinco años).

Incertidumbre. Cuando contemplamos que en tan solo cinco años es muy probable que los vehículos autónomos (sin chofer) nos estarán transportando rutinariamente, o cuando comprendemos que en nueve años entrará en vigor la prohibición del motor de combustión interna en Holanda, y en 14 años lo hará en Alemania, nos vemos enfrentados a decisiones que antes eran sencillas y ahora solo nos producen incertidumbre y desasosiego.

Si analizamos con cuidado los avances de la medicina (y la tecnología asociada), el estado de la guerra contra el cáncer, la capacidad de no solo leer sino también escribir el código genético, la manera rutinaria en que hoy podemos monitorear continuamente las principales funciones del cuerpo humano (con sensores vestibles) y la capacidad de efectuar exámenes clínicos en una fracción del tiempo y costo de la tecnología anterior, empezamos a creer que de veras la esperanza de vida está creciendo aceleradamente.

Creer que la esperanza de vida crece, nos da esperanza antes de producirnos, otra vez, desasosiego al considerar la destrucción inevitable de los fondos de pensión y los estragos psicológicos que sin duda producirán largos períodos (varias decenas de años) esperando la muerte, sin trabajar.

Desplazados. Pero donde más nos acercamos al futuro es en la naturaleza del trabajo cotidiano. La robótica y la maquinaria inteligente (incluidos drones) ya están reemplazando la mayoría de los trabajos agrícolas.

Robótica avanzada está automatizando los trabajos de manufactura (los que Trump quiere que regresen a su país) y la inteligencia artificial sustituirá un porcentaje considerable de los trabajos de escritorio. Claro que se están creando trabajos nuevos, pero es posible que no en los mismos números, y aunque lo fueran, podrían no ser para las mismas personas.

Este año, el Consejo de Asesores Económicos de los Estados Unidos, en su informe al presidente, estimó que un 83% de los trabajos que pagan menos de $20 la hora se podrían automatizar.

En la edición de julio/agosto de Foreign Affairs, McAfee y Brynjolfsson, profesores de la escuela de negocios del MIT, acertadamente apuntan que los asesores económicos no indican cuándo esperan que esto suceda, y que no es inminente. Pero describen muy bien la transformación del mercado laboral que está en camino y sugieren políticas públicas que podrían ayudar en los EE. UU.

Nos acercamos al futuro lleno de incertidumbre. Es posible que mucha de la incertidumbre la causen la ciencia y la tecnología, pero eso no es nuevo, lo que es nuevo es la velocidad con que cambian ahora las cosas.

Ahora la humanidad se enfrenta al reto de educar jóvenes para realizar trabajos que aún no se han inventado y, tal vez más difícil, a reentrenar personal operativo de edad media para realizar un trabajo totalmente diferente al que ha efectuado durante la mayor parte de su vida laboral.

Enfrentamiento. Se distinguen dos posiciones ante estos cambios, ambas erradas. Unos intentarán detener el progreso. Por la vía de legislación y regulación es posible defender los trabajos obsoletos, por un tiempo. Otros proponen aumentar un montón los salarios mínimos y, efectivamente, pagarle a la gente para que no trabaje, pero todos sabemos que el trabajo tiene un valor para la sociedad mucho más allá del ingreso que genera.

Una posibilidad, que bien deberíamos considerar, es que estos cambios acelerados en productividad y generación de riqueza aumenten considerablemente las brechas sociales entre los más educados, que disfrutan de más oportunidades, y los menos afortunados.

Ciertamente aumentará la brecha entre los países que aprovechen los cambios y los que intenten evitarlos. Tan equivocados están los que pretendan tener la respuesta al problema como los que pretendan que el problema no existe.

El futuro está muy cerca y trae consigo disyuntivas importantes, que no se van a resolver solas. Las tecnologías exponenciales ofrecen oportunidades de crecimientos, nunca antes vistos, en productividad y, por lo tanto, en generación de riqueza, pero no sin antes trastornar el mercado laboral.

Pretender que el problema no existe es tan irresponsable como pretender que se resolverá solo. Estamos ante una oportunidad que la responsabilidad y la prudencia dictan debemos aprovechar, sin producir víctimas ni ensanchar brechas. Esta es una conversación que no debe esperar.

Artículo publicado en el periódico La Nación

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