Inteligencia artificial

Mayo 13, 2007 - Publicaciones

Compartir

Durante la década de los 80 hubo gran algarabía y discusión respecto a si era, o no, inminente la solución de la prueba de Turin. Treinta años antes, el gran matemático Inglés, Alan Turin, propuso una prueba que nos permite discernir si una máquina es, o no, capaz de pensar, es decir, si exhibe inteligencia. La prueba es muy sencilla, consiste en que un ser humano sostenga una conversación a través (en esa época) de un teletipo, sin conocer quién (o qué) está del otro lado. Si el otro interlocutor es una máquina y el ser humano no logra detectar la falta de humanidad de su interlocutor, podemos concluir que la máquina piensa.

A la fecha, ninguna máquina, o mejor dicho, ningún software ejecutado en una máquina, ha podido superar esta prueba. Las expectativas comerciales de los adelantos en el campo de la Inteligencia Artificial (IA) se han moderado (por lo menos en cantidad, sino en extravagancia) y, ciertamente las posiciones filosóficas y hasta dogmáticas respecto si una máquina es, o será algún día, capaz de pensar y/o sentir se han radicalizado.

Raymond Kurzweil es sin duda uno de los expertos en IA más exitosos del mundo. Sus publicaciones han alcanzado a grandes cantidades de lectores, a unos a cautivado mientras a otros a alienado. Su éxito comercial no tiene discusión, ha creado y vendido varias empresas que desarrollan y comercializan productos como sintetizadores de voz que “leen” (en voz alta) texto para los ciegos, aparatos que “oyen lenguaje hablado” y lo convierten a texto (en aparatos portátiles) para sordos, y sintetizadores de música que permiten a compositores escribir sinfonías y escucharlas, sin tener que contratar una orquesta.

Experiencias espirituales. Hace 17 años Kurzweil escribió “La era de las máquinas inteligentes” (MIT Press, 1990) en el que predijo con asombrosa exactitud la fecha en la que una máquina derrotaría al campeón mundial de ajedrez (en 1992 Kasparov se burló de la capacidad de jugar ajedrez de las computadoras, cinco años después fue derrotado por una computadora). Sus detractores nunca han faltado, entre ellos se hallaban, y se hallan todavía, muchos filósofos y teólogos que creen que la facultad de pensar va más allá de las reacciones químicas y biológicas del cerebro.

Hace 8 años escribió “La era de las máquina espirituales” (Penguin Books, 1999) en el que alega que las experiencia espirituales han sido identificadas como patrones de reacciones neuronales en diferentes áreas del cerebro, y por lo tanto, pueden ser reproducidas por software. La reacción no se hizo esperar, Kurzweil enfrenta la crítica y publican un libro, con argumentos y contra argumentos, de la posible espiritualidad de las máquinas (“¿Somos máquinas espirituales?”, Discovery Institute Press, 2002).

El principio de los argumentos de Kurzweil es lo que él mismo llama la “ley de rendimientos acelerados”. Esta ley es una extrapolación de la ley de Moore que establece que cada 18 meses se duplica la capacidad de cómputo que podemos comprar con el mismo dinero. La extrapolación la hace Kurzweil en ambas direcciones, desde los inicios del universo hasta finales del siglo 21, este análisis lo aplica al ritmo de la evolución, siendo la evolución tecnológica una continuación de la evolución biológica. Concluye Kurzweil que la tecnología evoluciona a un ritmo doblemente exponencial (el exponente también crece exponencialmente). Así las cosas, nos asegura que en 20 años las máquinas (y su software ) pasarán la prueba de Turín. A partir de ese momento, cuando las máquinas sean capaces de pensar como lo hacemos los seres humanos, el desarrollo se acelerará todavía más. Esto debido la capacidad de las máquinas de diseñar máquinas cada vez mejores (que en esencia es lo que haríamos los humanos al diseñar máquinas capaces de pensar). La diferencia principal sería que las máquinas no se cansan, no se les olvidan las cosas y son capaces de adquirir y compartir el conocimiento de manera casi instantánea.

De un siglo a 25 años. Hace dos años publicó su último libre “La Singularidad está cerca” (Penguin Books, 2005) en el que argumenta que la inteligencia artificial y la natural se fusionarán. Propone que tendremos métodos para aumentar nuestras capacidades mentales por medios artificiales. Todos esto debido no solo al desarrollo de las tecnologías de información, ya que no sería posible sin el desarrollo, también vertiginoso, de las otras tecnologías que convergen: nanotecnología, biotecnología y cognotecnología. Como ejemplo menciona a un respetado científico, ganador del Premio Nobel, que estimó tardaríamos 100 años en producir entidades construidas con nanotecnología (átomo por átomo) capaces de autorreplicación, pero Kurzweil apunta que, si bien la cantidad de progreso técnico requerido es equivalente a 100 años al ritmo de progreso de hoy (que es cinco veces mayor que el del siglo pasado), como el ritmo del progreso se duplica cada década, veremos el equivalente a un siglo de progreso, en tan solo 25 años.

Es difícil saber si está en lo cierto o está totalmente descabellado, pero es un hecho que la IA ha seguido, y va a seguir, desarrollándose cada vez más rápido. Solo en aplicaciones para discapacitados el potencial es enorme y, por lo tanto, está atrayendo enormes cantidades de talento y capital. Pero hay muchas otras aplicaciones, por ejemplo, ya hoy en día hay aplicaciones que predicen el movimiento de los mercados mejor que la mayoría de los analistas, hay aplicaciones que diagnostican enfermedades con un alto grado de certeza, hay aplicaciones que pintan pinturas que se venden en galerías, y hay aplicaciones que componen música que no podemos discernir que fue compuesta por un autómata (el autor del software registra la música a su nombre y reclama ser el único compositor capaz de seguir componiendo música después de su muerte).

Decir que la inteligencia artificial es mejor que la estupidez natural, es un chiste gastado que tendía a menospreciar los avances de la IA. Hoy, la IA es un área del conocimiento humano muy seria y respetada, con un enorme potencial para producir riqueza y bienestar. Considerando que el conocimiento es el principal factor de la producción, me parece obvio invertir en producir autómatas capaces de producir conocimiento. Un corolario del desarrollo desenfrenado de las tecnologías, que debería preocuparnos, es el ensanchamiento acelerado de las brechas entre los que tienen acceso a las últimas tecnologías y los que no. Estas brechas se harán más grandes y más profundas, en cada vez, menos tiempo.

Desafortunadamente en Costa Rica el desarrollo tecnológico pareciera haberse circunscrito a áreas del quehacer humanos más rutinarias (y, por lo tanto, competidas, en el corto plazo). Creo que deberíamos encauzar una parte del enorme talento de este país en esta dirección tan promisoria. Cuanto más rápido se viene el futuro, más importante es entenderlo ya que, para evitar que nos atropelle, es necesaria la acción mucho antes de que llegue.

Artículo publicado en el periódico La Nación

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.