Lo malo del teletrabajo

Septiembre 6, 2022 - Noticias, Publicaciones

Compartir

Cuatro o cinco años atrás instalaron la primera fibra óptica en mi casa, y comencé a teletrabajar. Desde mucho antes, soy promotor y defensor del teletrabajo. Hace nueve años, el Club de Investigación Tecnológica publicó un informe liderado por Carlos Gallegos, titulado Teletrabajo: medio ambiente, economía y calidad de vida, donde se plantearon y estimaron, cuantitativamente, algunos de los grandes beneficios de la labor en remoto, tales como el aumento de la productividad, el ahorro de combustible y la reducción de enfermedades respiratorias.

A pesar de todos los beneficios conocidos, fue la pandemia la que disparó el teletrabajo, mucho más que todos los decretos, leyes, talleres y cursos juntos. Se aceleró tanto que después de dos años casi nadie quiere regresar a la oficina, por lo menos no cinco días a la semana.

Ahora se habla de la flexibilización de horarios, lo cual está teniendo efectos inesperados. En la Ciudad de Londres (City of London), centro financiero del Reino Unido, ha quebrado uno de cada siete pubs (bares, restaurantes tradicionales) debido a ello.

Resulta que nadie va a la oficina los viernes, y las ventas después del trabajo en esos días representaba un porcentaje muy grande de los ingresos de los pubs.

La nueva generación de empleados de oficina, que ingresaron en los últimos tres años, no ha contado con la mentoría informal que los más experimentados solían brindar. Esto redujo la velocidad del nuevo talento para adaptarse a la cultura organizacional.

La drástica merma de interacción es muy probable que esté cambiando la cultura de maneras no intencionadas. El trabajo en remoto no permite promover la antigua corriente organizacional, ni siquiera es posible defenderla. Sin la relación entre las personas, la cultura organizacional se torna aleatoria y, finalmente, inexistente.

Cómo funciona

Los actos presenciales tienen un objetivo más profundo que la simple diseminación de información o conocimiento. En reuniones presenciales, podemos toparnos con amigos y colegas. El verbo topar no existe en el mundo virtual. Por algo los topes son tan populares, a la gente le gusta toparse; a mi juicio, los caballos son una excusa.

Tampoco es posible hacer nuevas amistades, aunque si se invirtiera un esfuerzo considerable, supongo, es posible conocer (o por lo menos obtener los datos de contacto) de gente desconocida.

Casi todas las herramientas ofrecidas durante la pandemia para realizar actividades virtuales brindan opciones de networking, pero nunca vi que alguna funcionara. Por ejemplo, una vez me vi reunido, durante cinco o diez minutos, con cuatro personas escogidas al azar, ninguna de ellas encendió la cámara, nos saludamos, comentamos algo acerca del evento y nos despedimos.

Claro que no siempre necesitamos estar haciendo networking; a veces, solo necesitamos transferir información o tomar decisiones en equipo y en esas ocasiones el teletrabajo es muy eficiente.

El trabajo en remoto empieza a desquiciar cuando comienzan a medir la productividad. Porque es cierto: antes de la pandemia había muchas actividades en las que la productividad no se medía —sobre todo en el sector público— y el control del trabajo estaba a cargo de la persona que supervisaba, viendo a la gente trabajar, no contando o midiendo el trabajo producido.

Al desaparecer el control visual de los trabajadores en la oficina, las jefaturas entraron en pánico (otras sencillamente se fueron para la casa a descansar).

Pero, inevitablemente, ocurrió la explosión de mecanismos para medir la productividad de los trabajadores en tiempo real. Debido a que los trabajadores tienen que estar conectados para realizar su trabajo, a los sistemas que utilizan rutinariamente se les agregó funciones para medir y contar lo que se hace. Por ejemplo, hay sistemas que miden el tiempo lejos del teclado, y después de un umbral (¿10 minutos?) empiezan a descontar el salario de la persona.

Casos extremos

Estos sistemas de medición y seguimiento de la productividad han alcanzado niveles obsesivos y hasta ridículos en ciertos países. El pasado 17 de agosto el New York Times publicó un reportaje en el que relata que la medición de la productividad empezó con las personas de salarios menores y rápidamente se ha esparcido por todas las comunidades de trabajadores.

Abundan las anécdotas de empleados que renunciaron por sentirse acosados, pero los sistemas solo se hacen más ubicuos. Hay muchos trabajos que no se pueden, o deben, realizar sin un sistema, pero el mismo sistema que permite desempeñar el trabajo se utiliza para medir cada movimiento del usuario, y esto a su vez se utiliza para calcular el pago semanal o posibles ascensos.

Los ahorros asociados al teletrabajo son muy atractivos, tanto para la empresa o institución como para la persona. Lidiar con el caos vial en Costa Rica es un enorme incentivo para no ir a ningún lado, máxime cuando se toma en cuenta el precio de la gasolina.

Organizar un webinar es más fácil y barato que una conferencia presencial en la que se puede conversar y discutir con quienes exponen y con los otros participantes. Además, si la participación resulta escasa, nadie se da cuenta ni se desperdician el café y los bocadillos.

Mucho se ha hablado del nuevo mundo híbrido, pero es mucho más fácil decirlo que hacerlo. Desde que yo me acuerdo, cuando hay una reunión presencial, que además se transmite en directo, la dinámica entre los concurrentes y los que están a distancia es muy diferente.

Los que están en remoto son, básicamente, ignorados. Es cierto que todos los días surgen nuevas tecnologías que mejoran estas experiencias, como las cámaras inteligentes que siguen al que habla mientras se mueve y gesticula, y los sistemas de bloqueo de ruido, etc. Yo creo que el problema va a persistir.

Algunas actividades es mejor celebrarlas de manera presencial y otras, virtualmente. También, hay eventos que deben ser presenciales, pero a los que no todos los interesados les será posible asistir porque, por ejemplo, están al otro lado del planeta. Conectarse para enterarse es una buena alternativa.

En definitiva, estamos en un proceso de aprendizaje en que cada reunión o actividad debe ser analizada con cuidado anticipadamente, no solo respecto a su fin primordial, sino también por otros fines que antes no considerábamos —relacionados con la cultura y las relaciones personales—.

De lo que no tengo ni la menor idea es de cuántas veces tendremos que equivocarnos o asistir a reuniones en las que se equivocan para aprender cuándo es mejor el teletrabajo y cuándo vernos en persona.

Artículo publicado en el periódico La Nación

Agregue un comentario

Su dirección de correo no se hará público.