Miedo al fracaso

Marzo 17, 2012 - Publicaciones

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Durante la última conferencia TED en California, Regina Dugan, directora de DARPA (agencia de defensa de proyectos de investigación avanzada), se refirió a la necesidad de eliminar el miedo al fracaso para promover la creatividad y la innovación.

DARPA ha sido, sin duda, uno de los centros de investigación más prolíficos de todos los tiempos. Entre muchas otras innovaciones, ahí se inventó Internet. Hace 40 años se envió el primero mensaje basado en paquetes entre dos computadoras (solo lograron transmitir las primeras dos letras de la palabra “login” antes que se llenara la memoria y se cayera el sistema). Recientemente, en este centro de investigación lograron volar una nave a 20 veces la velocidad del sonido (capaz de llegar a cualquier lugar del planeta en 60 minutos). Obviamente, para lograr este tipo de desarrollos es necesario sufrir muchos fracasos.

Durante la charla, la señora Dugan reiteró que más importante que el talento es la total falta de miedo al fracaso de sus investigadores. Para mí, esto es cierto, no solo en la investigación aplicada, sino en todos los aspectos del quehacer humano.

Es, sin embargo, interesante notar que, si bien todos repetimos, casi sin pensarlo, “es imposible aprender a andar en bicicleta sin caerse”; muchos pretenden desarrollar una vida laboral o profesional sin cometer errores. El miedo al fracaso, en nuestro medio, es un poderoso modificador del comportamiento, es un inhibidor de la creatividad y de cualquier tipo de pensamiento diferente o novedoso.

Es claro que el progreso no es posible sin la innovación y la creatividad. La estabilidad (entendida como la ausencia de cambios y sobresaltos) es muy querida y apreciada en estas latitudes. En este sentido, podría ser que el miedo al fracaso esté unido al amor por la estabilidad, ya que, al ser cualquier iniciativa novedosa, un atentado a la estabilidad (tanto el éxito como el fracaso son desestabilizantes), podría ser que colectivamente hayamos envilecido el fracaso, no para evitar los errores, sino para evitar el cambio y de este modo asegurar la estabilidad.

Nótese que en ámbitos en los que la competencia se da simplemente por talento, esfuerzo y dedicación (en lugar de innovación) como en el deporte, el fracaso no es temido de la misma manera. Todos entendemos que no se puede ganar siempre, el fracaso no implica deshonra, ni mucho menos. Luego de un fracaso sencillamente nos levantamos, nos desempolvamos y volvemos a la lucha, ojalá con más bríos que antes. Todos los atletas y deportistas entienden y comulgan con la idea (de Kipling) de que el triunfo y el fracaso son dos impostores que debe ser tratados de la misma manera.

Es, por lo tanto, razonable suponer que el pánico al fracaso está relacionado con la estabilidad laboral. De alguna manera se ha instaurado en el inconsciente colectivo la deseabilidad de trabajar siempre en lo mismo, o por lo menos en el mismo lugar, tener pequeños aumentos y graduales mejoras en el puesto, para finalmente disfrutar de una pensión que tampoco tiene riesgo (no es afectada por la economía, tasas de interés, y otras variables semejantes).

Desafortunadamente, el mundo cambió. No existe ningún modelo de desarrollo que pueda, hoy en día, funcionar si prevalece el miedo al fracaso, ya que lleva a una extremada aversión al riesgo, la cual a su vez desincentiva la innovación. La innovación es, desde hace varios años, la única fuente de crecimiento económico. Es, por lo tanto, nuestro deber promover la innovación.

En Costa Rica tenemos talento de sobra para ser innovadores, pero primero debemos eliminar todas las trabas y barreras a la innovación. El miedo al fracaso es claramente una de las más importantes.

Artículo publicado en el periódico La Nación

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