Sentido de urgencia

Mayo 5, 2018 - Noticias

En la reciente conferencia mensual del Club de Investigación Tecnológica, el conferencista fue Rolando Castro, CEO de Cognitiva, basado en Costa Rica, pero con responsabilidad en toda Latinoamérica. Dicha ponencia se basó en una serie de tecnologías convergiendo al mismo tiempo con la promesa de crear seria disrupción en numerosos mercados, incluyendo, por supuesto, el laboral.

Rolando tituló su presentación “El gran desafío… subsistir” y enlistó las oportunidades ofrecidas por las tecnologías, como la manufactura digital, los vehículos autónomos, la inteligencia artificial, los asistentes virtuales inteligentes, el blockchain y la Internet de las cosas. Para aprovecharlas es necesario entenderlas y saber cómo aplicarlas de manera rápida y segura antes de que la disrupción se generalice en un mercado o sector.

La parte triste de la conferencia fue cuando nos hizo una revelación basada en su experiencia viajando por toda la región: los costarricenses somos quienes menos sentido de urgencia tenemos.

Sus palabras me dejaron pensando porque probablemente es cierto en muchos sentidos, no solo en la adopción de tecnologías disruptivas. Incluso puede deberse a la poca competencia existente en el país mencionada por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) recientemente.

Detener el progreso

Las instituciones, casi todas, operan en mercados monopólicos y una gran cantidad de empresas en mercados altamente regulados o en oligopolios de facto. Los regulados sienten, probablemente con razón, que el regulador los defenderá de las tecnologías disruptivas –lo cual obviamente es falso– los reguladores podrían intentar detener el progreso (porque la disrupción los afectará a ellos también, incluso más), pero únicamente lograrán atrasarlo un poco.

Pero el origen de la falta del sentido de urgencia en este país es solo una conjetura mía. Probable existan múltiples razones. La aversión al riesgo definitivamente no es una porque la falta de urgencia es en sí un enorme riesgo. La ignorancia tampoco porque ya todos hemos oído hasta el cansancio de las capacidades de las tecnologías, su avance en otras latitudes, la velocidad del hecho y su impacto.

Una posible razón para la falta de urgencia es la incredulidad. En otras ocasiones hemos oído de tecnologías que cambiarán el mundo. Por ejemplo, hace más de veinte años, una computadora le ganó al campeón del mundo en ajedrez, hace más de 12 años un automóvil autónomo pudo completar una pista de obstáculos en el desierto sin chofer y sin ayuda remota.

En estos casos, más de uno dijo que las máquinas ya eran “inteligentes” y reemplazarían a los humanos en el mercado laboral. Pero los ejemplos de incredulidad más famosos son los de Kodak porque no creyó en la fotografía digital, Blockbusters porque no creyó que las películas pudieran distribuirse en línea y Nokia porque no creyó que una computadora en miniatura con una antena de celular pudiera ser una amenaza para su mercado.

Las tecnologías mencionadas por Rolando son apenas una muestra de las que están convergiendo al mismo tiempo sobre las economías. La posibilidad de adoptarlas de manera temprana y creativa permite a empresas, instituciones y países pequeños, a pesar de no ser los creadores de ellas, a adquirir enormes ventajas al crear nuevas experiencias para sus clientes y usuarios.

También es cierto que los pioneros en la adopción pueden pecar de intentarlo demasiado temprano, pues a la tecnología puede faltarle refinamiento, faltar pruebas y casi siempre le falta caer en precio. En fin, el costo de llegar demasiado temprano puede ser casi tan alto como el de llegar tarde, pero nunca tan alto como el de no llegar.

La nube

Un ejemplo claro de falta de urgencia y sus efectos es la computación en la nube. Hace diez años, en el Club de Investigación, empezamos a hablar y a analizar aquella (en aquel tiempo novedosa) tecnología. Muy pocos en el sector productivo no la utilizan hoy, pero en el sector público siguen inventando excusas para no usarla.

El concepto de competitividad en ámbitos donde no hay competencia es abstracto y ajeno. La adopción de nuevas tecnologías no es necesariamente caro en términos financieros, pero casi siempre es caro en atención y trabajo. Debemos aprender a hacer las cosas de otra manera, vencer la resistencia al cambio, salirnos de la zona de confort.

Existen muchos ejemplos de cómo utilizar nuevas tecnologías ajenas para crear soluciones creativas de alto valor. Quienes inventaron Waze no crearon el GPS ni la Internet móvil, se montaron encima de tecnologías incipientes y crearon muchísimo valor.

Los responsables de los sistemas de reconocimiento facial no inventaron la fotografía digital ni el reconocimiento de patrones, pero produjeron tecnología sumamente valiosa que funciona con gran precisión (por ahora en ambientes controlados, como un banco o una sala de migración).

Los vehículos autónomos, la generación de energía solar en los techos, la impresión en 3D, la biología sintética y la inteligencia artificial ofrecen una enorme oportunidad a los adoptadores tempranos y tremenda amenaza a los rezagados.

Dada la velocidad exponencial del desarrollo de las tecnologías, es cada vez más fácil ser una persona, organización o país rezagado. El ciclo de vida de las tecnologías es cada vez más corto, cada vez es más difícil llegar antes de tiempo o, incluso, llegar a tiempo.

Esto por cuanto el momento de adopción temprana de nuevas tecnologías es cada vez más largo porque para adoptarla debe entenderse, conocerla a fondo para crear nuevos modelos de negocio, nuevas maneras más eficientes de deleitar a clientes y usuarios, nuevas formas de hacer irrelevantes a la competencia o, incluso, a los reguladores. Un buen ejemplo de lo anterior es blockchain, la cual se ve limitada por la imaginación. Es muy difícil imaginarnos cómo sacar ventaja de algo incomprensible.

No tener urgencia tal vez contribuya a la felicidad. No sé. la urgencia va de la mano del estrés. Pero lentitud o ausencia total de adopción de nuevas tecnologías traerá desventaja competitiva acompañada de un estrés mucho mayor, causado por el empobrecimiento.

Costa Rica tiene grandes ventajas comparativas para adoptar creativamente nuevas tecnologías: gente, conocimiento y la oportunidad de avanzar más rápido que nuestros competidores, pero la evidencia es todo lo contrario. Vamos lentamente, no tenemos urgencia. Debe existir una manera de crear urgencia sin sufrir una crisis.

Artículo publicado en el periódico La Nación

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